La pieza diferente: sesenta y tres

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Las nubes que habían cubierto la ciudad y el campamento durante la noche empezaban a dejar caer una lluvia mortecina, que lo embarraba todo y borroneaba los contornos de las carpas. El llamado a la Mesa de Keldre, el consejo de las Cuatro, había salido al amanecer. Meba y Keala llegaron juntas a la tienda de Faghad. Dedemie, claro, ya estaba ahí. Ildei se tomó su tiempo, pero la Consejera prefirió no poner al tanto a su hermana y a la cabeza de las Qualim hasta ver entrar a su abuela.

—¿Cómo está Riorrem? —preguntó, antes de comenzar con su informe.

—Según Rilene lo peor ya pasó. La convalecencia será larga y puede que nunca vuelva a ser el mismo, pero vivirá.

Faghad suspiró aliviada.

—¿Y con respecto a enviarlo de vuelta?

—Con algo de cuidado podemos trasladarlo a Isidena en un par de días, pero la opinión de Rilene es que tardará en estar en condiciones para afrontar el trayecto hasta Bjurikti.

—Entiendo. Vuelvo a agradecerte en nombre de las Sulim tu preocupación por alguien que ya no pertenece a tu casa.

En la penumbra de la tienda, Meba tomó aire ruidosamente y cerró los ojos, y Keala buscó, incómoda, un lugar para sentarse. La mirada dura que Turog y Dedemie le prodigaban a la cabeza de las Zaelim desde el momento en que había entrado no se inmutó.

—El Consejo de las Zaelim le habrá revocado el nombre, pero sigue siendo mi hijo, Faghad. Y te agradeceré que me ahorres ese tipo de formalidades en adelante, para lo que se refiere a él. Ahora, supongo que no convocaste a una reunión de las integrantes de la Mesa de Keldre para discutir la salud de Riorrem.

—Claro que no, es sólo que me preocupa mi padre, y otro asunto me retuvo toda la noche lejos de su lecho —Faghad se sentó en el suelo, e invitó al resto a hacer otro tanto—. Lo que nos reúne es, en realidad, ese otro asunto. Nuestra informante en Baricai nos señaló tres viejos pasajes en desuso que comunican este lado de la muralla con el interior de la ciudad. Anoche, con Turog y algunos miembros de mi guardia personal, hicimos una primera exploración: uno de ellos es un pasadizo en el puerto, que quedó anegado por el mar. El segundo es un desagüe, que tiene una reja bastante fuerte y pesada de este lado. Podríamos quitarla, pero nada garantiza que no haya otra del otro lado, y eso puede traer complicaciones. El tercero comunica las ruinas de una casa nobiliaria muy antigua en la Serinta con la bodega de la vieja casona de las Arente, una de las principales familias de Baricai. Ariana Gulim lo exploró anoche con Egar Dredim, y si bien no está en el mejor de los estados es un pasadizo viable.

—¿Y es fiable esa informante? ¿No cabe la posibilidad de que sea una trampa de Nablea? —preguntó Keala.

—Podemos tener una razonable confianza en las intenciones de quien nos cedió esos datos. Además, emboscar a un grupo pequeño de infiltrados nocturnos, sean quienes fueren, no implica una ventaja suficiente para las Mnatesogran. El único problema es que nuestra informante, según tengo entendido, cometió un descuido importante, y es sólo cuestión de tiempo para que su acción quede al descubierto... Mejor explicarlo así: por “cuestión de tiempo” hay que entender “el que tarda un cadáver en heder y delatar su presencia a pesar de una buena puerta cerrada”. En verano, eso es bastante pronto.

—Entiendo entonces que esta información costó por lo menos una vida —dijo Keala—. Y supongo que esta informante no tiene medios para deshacerse del cuerpo, ¿verdad? —inquirió, y Faghad asintió—. Y una vez que la descubran, podemos contar con que ese ingreso será inútil. Hay que actuar hoy, entonces.

—Exactamente. Hay que ingresar por la Serinta, así que, si bien existe la posibilidad de mantenerse más o menos al cubierto entre los escombros y lo que queda en pie de los edificios, es espacio que es visible desde la muralla, así que nos conviene usar el resguardo de la luz incierta de la noche. Y tal vez intentar alguna distracción en otro sector del muro.

Meba cruzó un brazo sobre el otro, y se llevó una mano al mentón.

—El problema es que si intentamos un ataque distraccionista alertaremos a todas las defensas de la ciudad. Lo ideal sería no darles tiempo para armarse, ¿verdad? —comentó.

—Bueno, pero una distracción —sugirió Dedemie—no necesariamente tiene que ser un ataque. Podríamos hacer alguna otra cosa. Simular un incendio o soltar algunos animales, por ejemplo.

—O ambas —se atrevió a sugerir Turog.

Había fuego en los ojos con los que Ildei miró al hijo de Zuria Ihalim. Abrió la boca, con toda probabilidad para comentar lo inconveniente de dejar a un jovencito hablar en la mesa de Keldre. Pero Faghad no le dio tiempo.

—Podría ser. Quemar cuidadosamente un par de carpas, y soltar algunos caballos y bueyes hacia la ciudad. No hará que las tropas de Nablea reaccionen. Pero el tiempo que tarden las guardias de la muralla en determinar que es una falsa alarma nos puede dar la mínima ventana de tiempo. Suficiente para dejar cautelosamente los campos cercanos de agtre con una treintena de guerreros, hacia el reparo de las ruinas de la Serinta de Baricai. Y con ese grupo debería bastarnos para abrir la menor de las puertas de la ciudad. Meba, ¿podrías ocuparte de instrumentar la distracción, entonces?

La cabeza de las Qualim asintió.

—Supongo que deberé estar entre los treinta de la incursión —intervino Turog—, dado que soy de los pocos que conocen personalmente a nuestra informante. Y el trato fue protegerla a cambio de su ayuda. Debería haber también alguien más que regrese con ella al campamento.

—Podría ser Egar Dredim, que ya conoce el pasadizo, y será cauteloso para dejar la Serinta —propuso Faghad—. Y por mi parte, sé que es cierto riesgo, y que podrían emboscarnos, pero querría ser personalmente parte de esto.

Miró apenas un momento a Turog. Habían conversado sobre la necesidad de no volver a separarse como en la batalla anterior, y de emprender la misión sólo con gente en la que pudieran tener total confianza.

—Y por supuesto, yo querré estar para garantizar el bienestar de mi hermano.

—Dedemie, no creo que sea buena idea —intervino Meba—. Si esto llegara a ser una emboscada, serías de las primeras en caer, no estás en pleno uso de tus facultades después de la última batalla. Tu madre nunca nos lo perdonaría.

—Por supuesto que estoy en uso de mis facultades, y considero que estoy bastante más preparada para una misión de este tipo que la inmensa mayoría de las hijas de las Veiniuna.

—Creo que Meba tiene razón en este punto, Dedemie... —intentó Faghad.

—Es una decisión tomada. Como representante de Nuralia en Baricai, si no puedo formar personalmente parte en la expedición, pediré expresamente que se retire a Turog de la casa Ihalim de ella.

Había furia en su voz. Turog enderezó la espalda y cerró los puños, pero fue Faghad quien intervino, con calma.

—Me temo que esa no es prerrogativa de la cabeza de las Ihalim, ni de su representante aquí. Zuria su madre, con consentimiento de Nuralia, me lo entregó ante las Siete, así que mientras yo viva, las misiones en que intervenga y deje de intervenir Turog son asunto de las Sulim.

—Si la heredera de Nuralia quiere tomar el riesgo, no veo por qué habríamos de impedírselo, ¿no? —intervino Ildei, y algo de la calma de Faghad pareció evaporarse—. Aquí, en consejo de la Mesa de Keldre, es como si lo pidiera Nuralia misma.

—En esto Ildei tiene razón, Faghad. Si la cabeza de una de las Cuatro o su representante pide formar personalmente parte de una misión, podemos aconsejarle que no lo haga, pero no es prudente impedírselo. Zuria y Nuralia sabrán comprender.

—Keala, debo insistir: es un error, en una misión delicada como esta, llevar a una convaleciente... —reintentó Faghad.

—¿Convaleciente? ¡Podemos batirnos a duelo si quisieras comprobar qué tan convaleciente estoy! No creo que me dures mucho rato en pie.

—Basta, las dos. Dedemie, como guerrera, puedo desaconsejártelo: admiro tu valor y no pongo en cuestión tus habilidades para la batalla, pero convengamos en que no estás en plena disposición de todo tu potencial: podrás ignorarlos, pero los golpes y las heridas están. Y tu participación está lejos de ser imprescindible. En tu lugar, yo preferiría mantenerme fuera de combate por lo menos unos días más. De todos modos, como reina, otorgo mi consentimiento, si es esa tu voluntad. Faghad, no consentiré que me interrumpas. Como cabeza de las Sulim, deberé prohibirte que sigas insistiendo en este punto. Si Dedemie de las Ihalim quiere acompañar la intrusión a Baricai, que lo haga, no es asunto que incumba a nuestra casa.

—Gracias, majestad. Le estaré eternamente agradecida por la confianza otorgada —respondió Dedemie.

La Consejera hizo su mejor esfuerzo por ocultar su furia, pero la delataban sus manos. Turog optó por levantarse e irse.




Para llegar al sótano de la casa de las Arente durante el día, Aorion había pretextado, a sabiendas de que no la encontraría allí, buscar a Kortuka Agarien. Adentro, en la atmósfera de duelo que reinaba tras la muerte de Grenz y Dilarion Arente, que habían caído defendiendo las puertas de la ciudad, no le había costado lograr que pronto se olvidaran de ella. Había esperado todo lo que restaba de la tarde y el principio de la noche en la bodega silenciosa, al lado de la diminuta puerta que se disimulaba olvidada detrás de tres toneles de klazheara dulce.

Había tenido que gatear debajo de la estructura esquelética de madera que sostenía los toneles para llegar a esa pared, y chequear que la puerta efectivamente se abría a un armario, que a su vez se abría disimuladamente a un pasadizo oscuro y húmedo. Se sentó en el suelo polvoriento, a preguntarse de nuevo para qué habrían querido las Arente de los tiempos de Mablika la Constructora excavar un paso como ese. No en vano lo habían olvidado.

Por lo que había podido leer en el mapa, por entonces la Serinta no existía propiamente, y era poco más que unas cuantas casas de pastoreo. La otra casona de las Arente debía ser de las primeras estructuras construidas del otro lado del muro con mejores materiales que madera y paja.

En el silencio absoluto de la bodega, escuchó finalmente el ruido discreto de las armas de los guerreros mabalayos al moverse. Se puso de pie. La única luz, muy tenue, provenía de dos lámparas de aceite cerca de la escalera de salida, y ella no se había atrevido a delatar su posición con una tercera, así que cuando la puerta finalmente se abrió, vio salir apenas la sombra de un guerrero en la penumbra cerrada.

—¿Turog? —susurró.

Por toda respuesta, él se acercó, la abrazó y la besó, mientras por la puerta continuaban saliendo, sigilosamente, los otros de su compañía. Aorion escuchó que alguna de entre ellos maldecía en voz baja mientras buscaba la manera de deslizarse con sus armas por debajo de los toneles.

—Un momento, está un poco obstruido de este lado, va a llevar algo de tiempo pasar —susurró un joven atrás, a los que continuaban llegando.

Turog le acarició el vientre.

—No veía la hora de verte —susurró—. Pero voy a tener que pedirte que vuelvas a esperarme al campamento.

—¿No vendrás conmigo?

—Irás con Egar, que conoce el camino. Ahora tengo que acompañar a Dedemie y a Faghad en esto, Aorion.

—¿Están aquí?

—Sí.

Volvieron a abrazarse y besarse hasta que un susurro urgente de Dedemie los interrumpió.

—No hay tiempo para eso, Turog. No podemos permanecer tanto aquí abajo.

—Usen la puerta de la caballeriza, suele quedar abierta, y si no lo está las llaves estarán a mano, colgadas de la pared. Salen directamente ahí por la primera puerta de la derecha. Dudo que haya nadie ahí ahora —sugirió Aorion.

—Será hasta luego. Volveré, te lo prometo. Y me verás hasta que te aburras de mí.

Aorion lo besó una vez más, antes de seguir a su guía por el pasadizo, hacia el campamento enemigo.

*

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Ilustración por Dolores Alcatena.

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