09 Mar 2018
La pieza diferente sesenta y ocho

¡Disfrutá del último capítulo de esta historia de fantasía épica! 

Después de pasar la noche en los restos de una casa sin techo de la Serinta con un grupo de prisioneros, única niña entre guerreros, Arainé Agarien yacía ovillada en un rincón. No había conseguido dormir, y continuaba hipando sin lágrimas, con el pulgar entre los labios.

Las pocas conversaciones desanimadas entre los prisioneros se ahogaron con el ruido del tablón que oficiaba de puerta al correrse, y el paso de Dinalia Sfelim que entraba a la improvisada prisión.

—Creo que quedó en este montón —dijo uno de los atranim que guardaban la casa, con un rápido vistazo hacia adentro.

—Gracias —respondió Dinalia.

Encontró la figura lamentable de la niña con un solo vistazo hacia adentro. Cerró los ojos y se corrió el pelo que le caía sobre el rostro, con gesto resignado, antes de entrar a buscarla.

—La chiquita que estaba en el refugio subterráneo es ella, ¿no? —preguntó, en el mejor lubacó que pudo hilar, a las dos guerreras que permanecían a su lado.

Una de ellas asintió sin mirarla.

—¿Por casualidad saben quién es? Digo, ¿conocen su nombre?

—La madre era una de las Iniciadas, Kortuka Agarien. No conozco el nombre de la hija —contestó, con desgano, la misma mujer.

—Hija de Kortuka Agarien, tendrás que venir conmigo.

Por toda reacción, Arainé se ovilló más en su rincón. Dinalia se mordió el labio, lo pensó un poco y optó por alzarla en brazos. La niña no se resistió.

—La soberbia de algunas Iniciadas —escuchó Dinalia que comentaba la guerrera que le había dado el nombre de la madre—, no enviar a la chiquita a Aubicai con los otros y hacerla tener que ver esto.

—No creo que sea una buena mañana para hablar mal de los muertos —reprochó un hombre que yacía herido cerca de la puerta—. Menos de las Iniciadas. Tienen la costumbre de no perder todo su poder sobre este lado del sueño.

La guerrera que había hablado rió.

—Mirá el techo que nos cubre: tanta es la influencia de las Iniciadas de Delero, que nos tocó pasar la noche prisioneros. Entre ruinas. Y Lubacay ya no existe.

—No es tan fácil robarnos la tierra a quienes la recibimos de la misma Madre de los Inwam —contestó otra guerrera.

—Esta noche que pasó parecería probar lo contrario, Nea Ambram im Gadéane.

Dinalia salió sin más, y llevó a la niña en brazos, con paso rápido, toda la distancia hasta el campamento. Intentó en vano hablarle y cantarle para que dejara de llorar: Arainé había elegido el silencio acompasado de su llanto. Agotada, al llegar a las tiendas buscó la que había sido la de Dedemie Ihalim.

—La traje —anunció, desde afuera.

—Adelante —respondió la voz familiar de Griena Veeklim—. Dinalia, podés dejarla entre las mantas. Y por favor esperanos un poco, que resta definir algo —pidió.

—Creo que ya está decidido —dijo Faghad, cruzada de piernas sobre el suelo de la tienda.

—No tiene sentido, Faghad. La hija no tiene por qué pagar por lo que sea que haya hecho la madre.

—La madre mató a la heredera de las Ihalim. Toca a las Ihalim decidir qué hacer con ella.

—Estamos hablando de Nuralia y de Zuria Ihalim, Faghad, ¿sabés lo que eso significa? Al menos por estar unida a Turog deberías hacerte una idea.

La Consejera se encogió de hombros. Pero había, aún, un resto de furia y dolor en el gesto.

—Honestamente no, y tampoco me importa. ¿Pudiste averiguar, como te pedí, quién es la niña, Dinalia?

—La madre se llamaba Kortuka Agarien, y era una de las Iniciadas. Nadie sabía el nombre de la hija, y ella tampoco quiso decírmelo.

—Kortuka la llamaremos, entonces —sentenció Faghad—. ¿Podrás llevarla con las noticias y nuestras cartas a la Casa Roja, Dinalia?

 La hija menor de Ganira, cabeza de las Sfelim, que como sígadim había llegado a familiarizarse con la Casa Roja, miró a la niña con pena, y tragó saliva. Pero asintió.


***

EPÍLOGO 

Algunas noches frescas, el viento que Delero derrama desde las olas, sobre la colina Brica, trae todavía el lamento salado de la Diosa por el antiguo palacio perdido. Acaricia con dedos tristes la antigua muralla que marca los límites de la ciudad vieja, y aúlla su lamento sobre las almenas que no pudieron defender a la reina Nablea. Esas noches los Inwam traen recuerdos de la vieja guerra a los sueños de quienes heredamos el dolor de la ciudad con la sangre de nuestras madres, y del otro lado del sueño, entre columnas azules, las antiguas Iniciadas cantan su elegía para quien puede oírlas.

Cantan el palacio consagrado a la Diosa, que ardió una noche y una mañana hasta no ser más que escombros humeantes de su antigua gloria, y el rostro de la reina que se hizo cenizas en ellos.

Cantan la furia de las Cuatro de Mabalaya, y el alto precio de la paz en la lejana llanura que alberga a la orgullosa Bjurikti.

Cantan el desconsuelo de Faghad de las Sulim, que pagó con sangre amada el daño que llevó a las costas de la madre de los Inwam.

Cantan el sonido destemplado las llamas que se tragaron el glario de Varidene Mnatesogran, aquella cuyo valor en combate no alcanzó, no más que para salvaguardar una pequeña promesa de fuego.

Cantan la ciudad dormida en el sueño intranquilo de la derrota, la furia contenida y la voluntad encadenada.

 Con el final del verano comenzaba el año décimo cuarto después del centésimo onceno eclipse, y en el mundo los reinos eran apenas siete.


*

¿Te perdiste entre los nombres de personajes, lugares y deidades? Consultá este índice onomástico.

Gusteá la fanpage!

Ilustración por Dolores Alcatena.

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