La pieza diferente: sesenta y dos

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Era muy evidente que Kortuka Agarien no estaba del mejor de los humores esa mañana. Casi parecía, pensó Aorion, que había olvidado su promesa de ayudarla con su entrenamiento. De todas maneras la recibió, hizo salir a Arainé hacia la habitación de al lado, y la miró desplegar y manipular las dagas con un vago gesto de aprobación.

—Podría ser mejor —consideró—pero para el poco entrenamiento que llevás no está tan mal. Si contás con el factor sorpresa hasta podrías tener una chance de salirte de alguna situación ajustada.

Aorion guardó nuevamente las dagas bajo las mangas, y esbozó una sonrisa tímida.

—Gracias, Kortuka, no sé cómo podré agradecerte…

—Acabás de hacerlo. Creo que es suficiente, Aorion, ya conocés los movimientos básicos, ahora está en vos continuar practicando. Cuando domines esto, puedo enseñarte algún truco más avanzado. Con un poco de suerte, te será tan inútil como a mí.

—No digas eso. Sos una gran guerrera.

Aorion no tardó en notar que había hecho la observación equivocada. Su amiga apretó las mandíbulas, se llevó las manos a la cintura y miró por la ventana.

—Así parece. Una guerrera que no puede luchar, o una iniciada que no sirve para los misterios de Delero. Según se lo mire.

—¿De dónde viene eso, puede saberse?

Kortuka torció la boca hacia un costado, y ladeó la cabeza.

—Mi madre hubiera querido que siguiera sus pasos, y me preparó para eso. Nunca tuvo a las Iniciadas en mucha estima. “Agoreras inútiles que no saben con qué mano sostener una espada”, dijo siempre. No tuve corazón para decirle cuando tuve el primer sueño. Como consecuencia, tuve un entrenamiento militar que no puedo usar, y entré demasiado tarde en los misterios que me estaban destinados. Cada tanto alguien se toma el trabajo de recordármelo.

—¿Qué relación tiene una cosa con otra? Está Baliana también, que concilia las dos cosas.

—Baliana se preparó para el mando, lejos del frente de batalla, tarea que es más acorde a una Iniciada. Una mujer que puede ser llamada por una compañera o por la Diosa y caer indefensa en el medio de la batalla no puede luchar, Aorion. Como a vos, si me toca combatir, será porque la situación habrá devenido una emergencia inmanejable, y probablemente todo esté perdido desde antes de que dispare la primera flecha. Roguemos para que ese día no nos llegue.

Aorion se acercó y la abrazó.

—Sos una gran mujer, Kortuka Agarien. Y si la Diosa te eligió, a vos y no a mí, por ejemplo, será por algo. Y la reina ha de haber visto eso también, si te puso en su círculo de confianza.

—Gracias Aorion, en serio —Kortuka se soltó, e hizo su mejor esfuerzo por sonreír. Pero había algo poco natural en sus labios al hacerlo—. Recordá que la gracia está en el ángulo, y en la poca distancia. No sos fuerte, ni especialmente ágil, así que tu mejor chance, llegado el caso, está en ser letal antes de dar espacio a una respuesta… En fin. Ojalá nunca lo necesites.

Caminó el par de pasos que separaban de la puerta que daba a la habitación contigua, la abrió y llamó:

—Arainé, hija, Aorion ya se va.

La niña entró corriendo, y se abrazó a las piernas de la escriba.

—¿Puedo decirte un secreto? —preguntó.

Aorion miró a su amiga, que asintió y sonrió, esta vez con sinceridad. Se agachó entonces, para quedar a la altura de la pequeña.

—Escucho.

—Decile que no hace falta que haga lo mismo que vos —le dijo al oído.

Aorion la miró sin comprender. La niña le llevó una mano rápida al vientre, que todavía no llegaba a delatar su estado. Su gesto era serio. Luego volvió a abrazarla, y se despidió como su madre pedía. Se miraron unos momentos en silencio, Arainé aún seria, y la escriba sin comprender.

Decidió que lo mejor era no darle importancia, y se dirigió a la madre.

—De nuevo, Kortuka, no sé quién te hizo pensar que sos inapropiada para lo que se espera de vos, pero sea quien fuere, se equivoca.

—Ojalá tuviera tu convicción, Aorion. En fin, mañana probablemente pase buena parte de la jornada en las habitaciones de Varidene Mnatesogran, hay algunos asuntos que definir con el consejo de Guerra y nos reuniremos ahí. Así que dudo que pueda hacerme el tiempo para verte. Te queda mucho por practicar, igual, y como te dije, ya no soy estrictamente necesaria.

—No es problema. También tengo algo de trabajo pendiente. Menos urgente y vital que el tuyo, claro está, pero alguien tiene que hacerlo. Gracias de nuevo.

Kortuka cerró la puerta, y Aorion tuvo que acostumbrar sus ojos al cambio de luz. Casi no había movimiento en los largos corredores oscuros. Como todas las últimas veces que había cruzado el palacio para visitar las habitaciones de Kortuka, Aorion Onite se sintió invisible, un espectro entre techos abovedados, una de los Inwam enviada a visitar el sueño de alguien que no existe. El ruido de sus sandalias se confundía con el del viento.

Apenas cruzó un par de comentarios con los painoner de la cocina, cuando bajó a almorzar, palabras poco comprometidas sobre las nubes que empezaban a cubrir el cielo desde el mar, mientras comía su porción de cordero envuelto en hojas de agtre, y se llevaba algo de pan y de fruta para más tarde.

Encontró después el scriptorium en silencio. Cerró la puerta casi sin hacer ruido, y dirigió sus pasos a la mesa de trabajo.

Pero se detuvo en mitad del trayecto.

No sin cierto malestar volvió al estante donde dormían los mapas, y buscó las etiquetas que correspondían a planos del palacio y de las ciudades. Lo más probable, se dijo, era que de todos modos no existieran otras entradas a través de la muralla más que las compuertas fuertemente guardadas. Podía asegurarse y escribirle a Turog entonces, sin esperanzas pero con el corazón liviano, que no había más remedio que sentarse a ver la lenta caída de Baricai, y esperar que las Siete tuvieran piedad de ellos.

De todos modos, en el improbable caso de que esa entrada existiera, debería estar en alguno de los planos frágiles de los tiempos de la reina Mablika, que había hecho construir la primera muralla y el palacio en honor de Delero.

Hacia allí dirigió su mano, y sacó cuatro tubos con rótulos que correspondían al orden que las escribas de Mablika habían usado para sus mapas. Los llevó a su mesa de trabajo. Dejó a un costado la crónica que había estado copiando, y abrió el primero.

No pudo evitar gritar cuando la pequeña laucha que habitaba el tubo huyó desde adentro al abrirlo. Tomó aire, y vio el orificio que el animal había roído del otro lado para entrar.

Evidentemente se había comido el mapa, y no quedaban sino jirones para resaltar la idea de que Siliana ya no mantenía las alimañas a raya como solía. Y que Dala, que se suponía que debiera ayudarla, no estaba haciendo un muy buen trabajo de conservación tampoco. Habría que poner trampas en la semana.

Ahuyentó como pudo la idea de que, en algún momento, podía verse obligada a comerse lo que fuera que cayera en ellas.

El segundo tubo contenía un mapa perfectamente conservado de Codena. Lo limpió, sin saber demasiado bien para qué, y lo dejó a un costado para volverlo a su lugar.

Le bastó desplegar el tercero para saber, con un escalofrío, que era exactamente lo que no quería terminar de reconocer que estaba buscando. Se sentó para estudiarlo en silencio.

Las nubes habían cubierto todos los rincones visibles del cielo para cuando terminó. Se levantó para prepararse un té de efreda. Le dolían la cintura y la cabeza, no sabía bien si por el tiempo curvada sobre las letras que poblaban el mapa, o si por el peso casi físico de la decisión que, finalmente, le tocaba tomar. Encendió el hornillo con algo de trabajo, volcó agua del cántaro que una painoné había subido más temprano, echó varias hojas al recipiente de cobre, y se quedó mirando el fuego de los carbones crepitar entre las hendijas.

La respuesta, se dijo mientras servía su cuenco y cerraba las ventilaciones del hornillo para que el fuego se extinguiera, seguía siendo la misma. La decisión de las Siete estaba evidentemente tomada, y la ciudad caería, tarde o temprano. Abreviar su agonía podía, incluso, salvar algunas vidas. La propia, y la de su hijo por nacer, entre ellas.

Le echó agua fría al té, para poder beberlo de un trago, dejó el cuenco sobre la mesa central, y buscó en el cajón de la mesa de trabajo de Siliana un trozo especialmente grande y delgado de papel para badronas: por mucho que se ajustara, y por mucho que plegara el papel, tenía que lograr en muy poco espacio algo parecido a un mapa legible. Buscó el cálamo más fino disponible, y comenzó el trabajo.

Estaba terminando cuando Amberó empezaba de a poco a abandonar la tarde tras las nubes, y no fue hasta que Dala la saludó y le preguntó qué estaba haciendo que notó que le dolían los ojos de forzar la vista, y las manos de ajustar los detalles del trazado de los tres fragmentos que había escogido en un espacio tan pequeño.

—Limpiaba un poco los rollos —mintió, mientras cubría rápidamente el papel de badrona con el pergamino del mapa—. Escuché ruido, y sí, resulta que hay ratones de nuevo. Mirá.

Abrió el rollo carcomido para mostrárselo, súbitamente agradecida con el pequeño intruso por darle una excusa.

—Hubiera jurado que te vi copiar algo cuando entré.

—No, tomaba unas notas de tareas pendientes nada más.

—¿Sobre un mapa que debe ser como de tiempos de la reina Alika?

—Es el sector de Mablika, como se ve en el tubo que te mostré —corrigió Aorion por costumbre—, ¿cuándo vas a aprender las ubicaciones y el inventario? No tenemos mapas de la reina Alika.

—¿Mablika la constructora? —la súbita comprensión se hizo fiera en los ojos de Dala Emante—Aorion, ¿serías tan amable de mostrarme tus notas?

—Ni sé dónde las puse... Mejor dejamos esto para mañana, ¿sí?

Pero con un movimiento rápido, la joven sacó el papel por la punta visible.

—Me gustaría pensar que tenés una buena explicación para esto, Aorion Onite.

Aorion la tomó del brazo para intentar calmarla.

—Mirá, Dala, no quería meterte en semejante responsabilidad. Entenderás que es el menor de los males. La ciudad caerá, no hay mucho que podamos hacer al respecto, y la reina Nablea tiene el entendimiento demasiado nublado para entregarse. Queda la responsabilidad a nosotras las débiles...

—Lo que estás diciendo no tiene ningún sentido, ¿estás pidiéndome que colabore en un acto de traición? —Dala se soltó, y se encaminó con paso rápido hacia la puerta—. Deberé hablar con Varidene Mnatesogran, supongo. Pensar que llegué a creer que había algo parecido a confianza entre nosotras.

Aorion corrió para interponerse entre ella y la puerta.

—Dala, no, te pido por favor que lo pienses. No enviaré nada si decidís que es mala idea, pero te ruego que te tomes por lo menos un té de efreda conmigo para pensarlo. Podés cobrarte mis badronas si seguís creyendo que es un error. No hay necesidad de meter a Varidene en esto.

—Demasiado tarde. Dejame pasar, Aorion. Te doblo en fuerza y sé usarla, no querés que tenga que golpearte. Menos en tu condición.

Casi sin pensarlo, Aorion desenfundó las dagas eleurinas. Dala no tuvo tiempo de asimilar el peligro antes de caer, con la daga izquierda clavada en el vientre, y el cuello abierto de lado a lado por la otra.

Aorion se echó de rodillas al lado del cuerpo de la que fue su compañera. La sangre se abría paso sobre el suelo, formaba un charco amplio que se mezclaba con los rizos castaños de Dala.

La primera reacción, incontenible, fue el impulso de vomitar. Cuando no le quedó más nada adentro, se echó a llorar, hasta que la penumbra fue ganando el scriptorium. Secó el cuchillo, que todavía traía en la mano derecha, en la tarieda de la jovencita, y le cortó entonces un buen pedazo limpio a la prenda para limpiarse el rostro y las manos.

Terminó de limpiarse con el agua del cántaro que tenía listo para el té, y tomó un buen trago para sacarse el regusto amargo de la boca. Se volvió después para ver a Dala, un montón de carne pálida y pelo castaño, con la briada ensangrentada y la tarieda de montar desgarrada, en un charco de sangre propia y vómito ajeno.

Contuvo el impulso de seguir llorando. Por supervivencia, no le quedaba sino pensar las cosas en frío. No podía sacar el cuerpo de ahí, por razones prácticas, y moverlo tampoco tenía demasiado sentido. Podía, sí, cerrar la sala con llave: la painoné que llevaba el agua dejaría el cántaro afuera, en alguna otra ocasión lo había hecho. Las otras escribas, las que tenían alguna clase de entrenamiento, guardaban la muralla. La única otra llave la tenía Siliana, y la vieja escriba estaba, afortunadamente, en Aubicai.

Pero más temprano que tarde el olor terminaría por alertar a alguien. No tenía mucho tiempo para actuar. Y si albergaba todavía alguna duda sobre enviar o no a Turog su mapa de pasadizos alternativos y sus consideraciones, con esto la posibilidad de echarse atrás quedaba cerrada.

Se acercó al cuerpo para sacar la daga que continuaba clavada en el vientre de Dala, regresó al cántaro para limpiarla con agua y lo que quedaba de tela de la tarieda cortada, y volvió a acomodar las armas en sus vainas, ocultas bajo las mangas amplias de su briada. Después regresó a su mesa de trabajo, encendió una lámpara para terminar de copiar las señas del tercero y más improbable de los pasadizos (un viejo desagüe, estrictamente hablando), escribió sus indicaciones y pareceres en el dorso, y guardó el papel para badronas cuidadosamente doblado en uno de sus bolsillos. Tapó con la parsimonia de siempre el cuerno de tinta, limpió el cálamo y volvió los mapas a sus lugares antes de irse.

Tuvo que tomar aire para poder volver a pasar al lado de los despojos de Dala Emante, y se cercioró de que no hubiera nadie en el pasillo, antes de salir y cerrar con llave la pesada puerta del que ya no volvería a ser su lugar de trabajo.

Volvió a su casa con paso nervioso, deseando no encontrarse con nadie, refugiándose en la oscuridad con miedo de que alguien notara las manchas de sangre en su ropa. Recién pudo respirar una vez de vuelta en su habitación, tras volver a lavarse con agua y un trapo húmedo, cambiarse la ropa, y dejar ir las badronas. Puso el mensaje en la serga de la que sabría buscar a Turog cerca de Baricai, pero por las dudas liberó a las otras dos también a la oscuridad de la noche nublada. Harían el camino acostumbrado a la Casa Roja  y al Bjuriktalie, y tardarían en seguir las cardas hasta los hermanos Ihalim, pero prefería, con todo, por las dudas, no tener aves y sergas mabalayas en su poder.

Esa noche no pudo dormir. Así que la badrona, que regresó con la respuesta cerca del alba, la encontró despierta. Se apresuró a responder para dejarla partir mientras todavía restaba algo de oscuridad para esconder el vuelo clandestino desde su ventana.

*

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Ilustración por Dolores Alcatena.

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