La pieza diferente: sesenta y cuatro

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El sonido de los cuernos de alarma sobresaltó el sueño de Varidene Mnatesogran. Se sentó confundida entre las mantas, y aguzó el oído.

Necesitó escuchar cinco veces el acorde de los tres cuernos para hacerse a la idea de que era real, y no un derrame del sueño sobre la tela parda del desvelo. La señal y los gritos eran inconfundibles: de alguna manera, en la oscuridad de la noche, los ejércitos de Mabalaya habían conseguido permear la protección de la muralla. A juzgar por el sonido, habían logrado también abrir por lo menos una de las puertas. La batalla, esta vez, se daba del lado de adentro.

Se vistió y se armó todo lo rápido que pudo. Hizo sonar desde su ventana el cuerno de la guardia del palacio, y corrió escaleras abajo para dar órdenes rápidas de cerrar y defender los accesos. Era, lo sabía, prácticamente inútil: el portón principal no resistiría mucho tiempo los embates de un ariete, y las defensas del palacio de Baricai no estaban preparadas para repeler el ataque de las huestes de Mabalaya en toda su furia. Apenas le ganaría algo de tiempo para intentar ocultar a las Iniciadas y a su pequeña hermana.

Subió de dos en dos los peldaños hacia el ala del palacio en que se albergaban las consagradas a Delero, y donde estaban las habitaciones de su madre. La recibió Pradmer, ya armado casi por completo también, acompañado por Berene, hermana de la reina, y dos de las Iniciadas. Varidene notó con aprobación que Kortuka, que traía a su pequeña Arainé prendida de la ropa, había tomado también la precaución de armarse.

—Berene, ¿supongo que conocés el refugio de Mablika, verdad?

Su tía asintió rápidamente, como quien ha pasado las tardes de su infancia en el palacio de Baricai.

—Necesito que las guíes allá. A las Iniciadas y a todos quienes no estén en condiciones de llevar armas. No hay demasiado tiempo. Pradmer, ¿qué ocurre con mi madre?

—Se niega a bajar. Dice que debe permanecer con Nujurduk arriba —respondió, mientras Berene, Ihiuro, Kortuka y Arainé apuraban el paso escaleras abajo—. No consigo hacerla entrar en razón.

Varidene se llevó una mano a la cabeza.

—Y yo que pensaba que no podía ponerse peor. ¿No te dejó llevarte a la niña por lo menos?

—Te juro que lo intenté. Inútil. Me serviría que me ayudes.

—Lo dudo.

Los dos apuraron el paso, y atravesaron todas las habitaciones hasta la última, donde pese al ruido la pequeña Nujurduk dormía, y Nablea tarareaba en voz baja una vieja tonada. Pese a la urgencia, Varidene, que llegó primero, no pudo evitar detenerse a escuchar el desacostumbrado espectáculo.

Interrumpió el encanto Pradmer, que venía poco más atrás.

—Nablea, por favor, no hay tiempo para esto. Hay que esconder a Nujurduk, hay que ponerla a resguardo. No puede permanecer aquí, será el primer lugar donde las busquen.

—Pradmer tiene razón. Ya son varias las veces que no quisiste escucharme y que sobrevino el desastre por eso.

—Quieren llevarnos al refugio de Mablika, ¿no?

Varidene interrogó a Pradmer con la mirada. Él se encogió de hombros y negó: nadie había sugerido esconderse en ese sótano antes. Hasta esa noche, de hecho, él ni siquiera había sabido de la existencia de semejante lugar.

—Van a matarlas a las dos si permanecen acá. En el refugio hay una posibilidad, menor pero real, de eventualmente escapar con vida.

—No, es exactamente al revés. No sobreviviremos en el refugio de Mablika. Aquí arriba, por lo menos Nujurduk tiene una chance. Y una promesa de la Diosa.

—Eso no tiene sentido. Si es tu voluntad morirte acá por lo menos deberías dejar que Pradmer se lleve a su hija.

La reina la miró a los ojos.

—Muchas veces, lo reconozco, fue mi soberbia la que me hizo valorar más mi juicio que el tuyo: pese a tu juventud hace años que Sílik no te nubla los ojos, Varidene, lo sé bien. Pero una sola vez te dejé actuar contra una advertencia clara de Delero. Perdimos a Eridenz por eso. Maldita sea la hora en que lo dejé partir a Bansena, cuando la Diosa me había advertido que no volvería. Y no, no saldríamos con vida del refugio de Mablika. La madre de los Inwam sólo dio garantías para una de las nuestras allá abajo. No, no las advertí porque eso ya no tiene remedio.

—¿Entonces que vas a hacer? ¿Esperar acá hasta que vengan las tropas de Keala a buscarte?

—Exactamente. Y tendré que pedirles que permanezcan en la puerta de la primera de las habitaciones y me ganen algo de tiempo. Todo el que puedan. Mi Guardia personal acudió a tu llamado, los dejé partir, serán más necesarios abajo. ¿Puedo entonces pedirles ese último favor?




Cuando terminaron de bloquear con todo el mobiliario disponible el acceso a la antesala de las habitaciones de la reina, Pradmer y Varidene volvieron a tomar con rapidez las armas.

—Recordame por qué le estamos haciendo caso con esto, Pradmer, que no termina de quedarme del todo claro.

Él rió, pero había amargura en su risa, mientras se ajustaba el tahalí. En el largo silencio escucharon los pasos de los invasores que llegaban hasta el otro lado de la puerta, y forcejeaban con la puerta cerrada. Se dejó oír la lengua ajena en la voz de una joven guerrera.

—Ya no veremos el otro lado de esta guerra, ¿no?

—Me temo que no —replicó Varidene, mientras acomodaba las tiras del casco para calzárselo en la cabeza.

Pradmer se detuvo con el suyo entre las manos. Pero volvió a dejarlo colgar del brazo, sostenido por las correas. Varidene lo vio detenerse y dudar.

—Qué va —dijo. Se acercó a Varidene, le sacó con delicadeza el casco que acababa de ponerse, y la besó, con prisa pero con pasión—. Será del otro lado del sueño, entonces.

Mientras tanto, una voz exasperada y desagradable, la de la guerrera que a todas luces estaba al mando, pedía en la lengua de las Veintiuna ayuda para abrir la puerta bloqueada.

—Será del otro lado del sueño.

—¿Prometido?

—Ante las Siete.

Terminaron de armarse y se apostaron en silencio a ambos lados de las puertas que separaban la antesala recargada de obstáculos de las habitaciones de Nablea. Escucharon los gritos y los golpes del otro lado.

Y al fin la puerta cedió.

*

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Ilustración por Dolores Alcatena.

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