La pieza diferente: dos

Disfrutá del segundo capítulo de esta historia de fantasía épica. Y si te perdés entre los nombres de lugares, personajes y deidades recuperá la orientación consultando el link al final del texto.

Atado a una cadena de gruesos eslabones de plata, un nuj se removía nervioso al costado de la puerta. Su pelaje blanco, casi azulado, reverberaba con la luz que entraba por las lámparas de agua del techo del salón de las Praelim, pero sus gruñidos feroces no alcanzaban para hacer que nadie siquiera voltease la cabeza. Sólo Gava, la Niña Eterna, se acercó. Con apenas un chistido suave, el animal, que ya la conocía, bajó la cabeza. Ella, con una sonrisa, le rascó el pelo ralo de detrás de la oreja.

—Hoy no es día para eso. Su vestido.

—Nadie se va a fijar. Mirá qué atentos estarán que eligieron para representar al emblema real a un nuj enfermo.

—Ese nuj está bien. Su vestido, por otra parte…

—Es un nuj enfermo. Hay que volverlo abajo, bañarlo con agua fría y pedirle a Ganiya que le prepare hierbas. Ese nuj tiene que vomitar, necesita vomitar, no va a aguantar toda la ceremonia así de enfermo.

—Bueno, ya basta —la cortó Figa, su nodriza, y la arrastró gentilmente por la manga hasta su lugar en la sala de ceremonias.

El salón estaba repleto. Gava y Figa se sentaron a la mesa principal, frente a la menor de las Sulim, que miraba inusualmente nerviosa su plato. Gava frunció el ceño. Faghad no era Faghad. Pero nadie más parecía fijarse. Como nadie parecía darse cuenta de que ese nuj precisaba sombra, silencio, agua y medicinas. La corte estaba demasiado acostumbrada a no ver. “Yo sería mejor reina que Keala”, se dijo, “a mí no se me moriría un nuj por ocuparme de mi vestido, ni confundiría a mi hermana con una esclava extranjera”. Pero se encogió de hombros, y siguió jugando con uno de los cordones plateados que formaban su cinto. A sus veinticuatro años, algo que sí había llegado a aprender sobre la corte es que siempre le convenía callarse.

Las ceremonias, sin embargo, la tenían sin cuidado. Se entretuvo mirando los murales, que representaban a las reinas en símbolos de poder, rodeadas por las diosas protectoras. Desde pequeña, Gava volvía al salón a mirar los rostros de su abuela y de su terrible bisabuela, los rasgos afilados y la mirada dura de las viejas Sulim. Ahora también las acompañaba la efigie dulce de su madre, y eso hacía que el salón fuera mucho más triste. Desvió la angustia y pensó que Keala era, sí, la única que se parecía en algo a Dapes, Nontima y Keldre.

Gava no recordaba de su padre más que el cabello de fuego prematuramente entrecano, la voz entrecortada, la delgadez extrema y el aliento fétido del estómago vacío, cuando ya se había debilitado demasiado y había dejado de comer. ¿O habría sido al revés? En todo caso, había escuchado incontables veces que Búcor supo ser hermoso como venido de la morada del río, y que ella se le parecía mucho. Tenía de las Mnatesogran, las Reinas Brujas, los ojos verdes y el rostro redondo. El cabello, sin embargo, era el de su abuelo materno. Y nada en la combinación la hacía parecer una de la estirpe de Keldre.

Faghad tampoco se parecía a las reinas Sulim. En su aspecto, ella era claramente una nieta de las Zaelim de Nales. Para Gava, entonces, resultaba muy claro por qué Keala había sido electa reina, y no ella o su hermana: era la única de las tres que tenía cara de reina Sulim, y su rostro no iba a desentonar en el mural.

Desde la pared, las manos de Dapes formaban un marco redondo, en donde flotaba un pececito verde, suspendido en el aire, símbolo de Delero, madre de las mareas y del equilibrio, de lo desconocido y de los Inwam que reparten el don ambiguo de sus sueños. Sobre su cabeza flotaba la faz de la diosa, y sus cabellos azules cubrían su cuerpo, por lo demás, desnudo.

Más cerca del trono, Nontima sonreía, y había algo cruel en su sonrisa. Para Gava, el problema era que los ojos de su abuela no sonreían en el retrato. Sus labios mostraban los dientes pero sus ojos no sonreían. Algo no estaba bien con un rostro si la boca sonreía y los ojos no, se decía la hermana mayor, la niña eterna. Sus manos aferraban un brote escuálido, que asomaba las raíces entre los meñiques y luchaba por abrirse paso entre los pulgares, el símbolo de Guria, diosa de las cosechas y de la tierra. Los pies sucios de Guria se dejaban ver casi como alas.

Al lado del trono estaba representada Keldre. A Gava le resultaba a la vez incómodo e irresistible detenerse en el retrato de su bisabuela. Después de un rato, ganaba la repulsión y tenía que evitar mirar para allá. Perdía mucho de las ceremonias del Gran Salón por eso.

Una tarde, una quincena de años atrás, se había sentado largo rato en silencio frente al retrato de Keldre, serena y terrible. Hasta que su bisabuela pareció revelarle algo, uno de esos sueños verdaderos que se filtran como agua entre las rocas de la vigilia. Había salido corriendo del salón, llorando a gritos, unos alaridos agudos que se habían escuchado en todo el Bjuriktalie, y que le habían helado la sangre aun a quienes estaban absolutamente convencidos de la insignificancia de todo lo que tuviera que ver con Gava.

La niña eterna no quiso revelar a nadie qué vio. De hecho, quedó muda por muchas lluvias. Pero nadie se había alarmado demasiado: era fácil suponer que su condición estaba empeorando.

Eventualmente, el olvido hizo lo suyo, y volvió a cantar con su voz destemplada en los pasillos del palacio.

Sin embargo, la imagen todavía la hacía temblar, como un eco de una pesadilla vieja. En el muro, Keldre sostenía con desdén, entre sus dedos huesudos, una nube de tormenta que llovía sangre, el símbolo de Gukduk-hé la temible, la diosa del fuego y de la guerra. Los colmillos de la diosa la rodeaban como columnas amarillas, y bajo la túnica de la reina asomaban los rubios cabellos ensangrentados de Áruka la Soberbia, última de las reinas Praelim, en un mar rosado por la sangre y las lágrimas de su casa vencida y destruida.

El sonido dulce del cuerno anunció que la ceremonia llegaba a su fin, y que era el momento de que la nueva reina pescara del agua tinta de la gran Vasija de las Diosas el símbolo de quien sería la Diosa Tutelar de su reinado. Gava entonces hizo el esfuerzo y levantó la vista para mirar a su hermana, aun cuando eso significara encontrarse casi de frente con la figura terrible de Keldre.

Los ojos de la primera de las reinas Sulim parecieron relampaguear en el retrato cuando Keala levantó del agua turbia su esfera, y todas las presentes pudieron ver el esmalte rojo de la nube de sangre que representaba a Gukduk-hé. Los últimos restos de conversación expectante y de animación murieron de repente en la sala. Sólo se dejó oír el grito escalofriante del nuj que, en la puerta, aullaba su último, doloroso aliento, para quedar tendido de patas abiertas sobre el umbral de la puerta.

*

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Ilustración por Dolores Alcatena. 

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